El Ficus de Santo Domingo y el arte de perder.

Miro el teléfono, voy conduciendo, es Nacho. Por donde vas?_ llegando_ le respondo. Ok, a ver…, se ha caído el Ficus. Una y diez de la tarde. Yo volviendo del Palacete de la Seda, y Mario?. Me dice: Llama a quien tengas que llamar.

Nacho estaba allí, en Santo Domingo, es impresionante, me comenta, yo sólo quiero localizar a mi hijo. Lo llamo al móvil, llamo a Ana, empiezan los mensajes, imágenes, videos…yo conozco el árbol, cruje enormemente antes de caer, pero mi hijo? él lo sabe? estaría llegando ya a casa de mi madre? Creo que voy a entrar en shock. Ante noticias así, mi mente se queda en blanco, me bloqueo. Por Dios no, no me hagas esto, me tiembla el cuerpo.

En el chat familiar, MM preguntando si estamos todos bien, las probabilidades de que alguno de nosotros este por la zona son muy muy altas. Mi hermano y mi madre 10 minutos antes de que se desplomara. Mi mensaje es: Mario ha llegado? Nadie responde, angustia total.

Hacia donde voy? al estudio? a la plaza? a casa de mi madre?…No puedo ir para allá. No puedo.

Después de los peores cinco minutos de mi vida, consigo hablar con Ana, no encontraban a Mario por el patio del colegio y se habían retrasado, gracias a dios. Van a Santo Domingo, ella lo dejará en casa de mi madre. Respiro, me relajo…empiezo a leer mensajes de amigos y familiares que en cuanto han visto la noticia se han acordado de mi, es mi plaza, mi árbol, la gracia de si mi coche estaba debajo del Ficus, en fin…intentando quitar hierro al asunto, el Ficus es selectivo, conoce a los suyos, no puede pasarnos nada. Alucino cuando veo que la noticia ha llegado hasta Madrid¡, mi prima:  No me digas que estabas debajo?_ Noooooo, jodeeeee pero por los pelos. De una manera u otra, siempre, desde que recuerdo he estado bajo esas ramas. Y ya no están. Me entristezco.

Podría haber sido una tragedia terrible, podría haberla vivido en mis propias carnes, entiendo los comentarios que dicen que hay que podarlo, que es peligroso, y yo, yo sin embargo no quiero que cambie nada más. Ya no está el caballero del traje y corbata paseando por la Plaza, tampoco el Ficus? Contra¡ No había manera de cuidarlo? de protegerlo? en serio no teníamos medios para que no se desplomara por un golpe de calor¡? Pero si yo he estado con 40 grados resguardada en sus enormes raíces, sin protecciones y rodeada de palomas, tan mal estamos haciendo las cosas para que los símbolos emblemáticos de nuestra ciudad desaparezcan¡??? y si….claro, para mi es algo más.

Día tras día , año tras año, por la mañana antes del cole, mediodía, tarde y noche. Allí, con mis perros, con mis hermanos, con mis amigos, inventando, escondiéndote, jugando, paseando, esquivando ramas, (siempre han caído) cogiendo huevos de palomas, observando los polluelos, escalando….Una salvaje de ciudad. Mi primer reducto de paz. Castigada por subir siempre con los pantalones muy rozados por el culo de arrastrarme para poder bajar sin romperme la crisma. Podría dibujar las enormes raíces donde tenias que tener mucho cuidado de no torcerte un tobillo mientas subías mas alto, me lo sé de memoria. Si el día era bueno disfrutabas bajo el árbol, si había sido malo te sentabas en los huecos mientras el perro corría a tu alrededor y meditabas. Muchas horas, muchos días, muchos años…demasiados momentos. Eso a sus pies. Desde la ventana de mi casa ni los cuento. La coral a oscuras mientras pasa el Cristo del Refugio la noche del Jueves Santo es una imagen que no puedo olvidar.

Cuando hicieron la plaza peatonal todo cambió. No era accesible. Pero cuando mi hijo Yoryu tenía dos años, yo que no soporto los parques infantiles, lo llevaba allí. Con mi padre. Heladito en Sirvent y a subir al niño a la zona del árbol. A veces me subía con él. Le decía donde estaba mi hueco favorito, que tuviera cuidado con las semillas que caían, te podían hacer daño en la cabeza. Ya no había casi palomas, pero algunas quedaban, y seguían poniendo sus nidos. Nos reíamos, lo veía a él con sus kickers como antiguamente estaba yo, y me gustaba ese vínculo, cien años, y jugamos generación, tras generación.

La cara de felicidad de mi padre, el niño, el árbol y yo. Irrepetible pero imborrable.

El informó. Crujió, como siempre. Avisó, para quien quisiera oírlo. Se rompía, no aguantaba más. Y se desplomó.

Tardé horas en acercarme. Plaza acordonada, le pedí al policía acercarme. Sólo para hacer una foto. No lloré, se me hizo un nudo en la garganta. Impresionante. No está. Demasiada luminosidad, demasiada claridad. Casi no reconozco la plaza. Le faltan demasiadas cosas. Se han perdido. Y debemos asumirlo. Practicar el arte de perder.

MM me recomienda un poema, precioso a la vez que triste de Elizabeth Bishop: “El arte de perder”.

Es uno de sus mejores poemas y Bishop nos recuerda algo tan simple y a la vez esencial, como que vivir es aprender a conjugar el verbo perder:

“El arte de perder se domina fácilmente;
tantas cosas parecen decididas a extraviarse
que su pérdida no es ningún desastre.

Pierde algo cada día. Acepta la angustia
de las llaves perdidas, de las horas derrochadas en vano.
No es difícil dominar el arte de perder.

Después entrénate en perder más lejos, en perder más rápido:
lugares y nombres, los sitios a los que pensabas viajar.
Ninguna de esas pérdidas ocasionará el desastre…”

 

La pérdida es una experiencia universal, y al escribir sobre ello consigue crear, paradójicamente, algo que perdura, siempre estará ahí.

No soy una artista, no sé escribir poemas y ni tan siquiera sé si quiero dominar el arte de perder. Quiero seguir teniendo experiencias maravillosas que pueda contar y así hacerlas eternas, almacenar recuerdos indestructibles y vivir plenamente, desaparecerán las cosas, las personas, pero jamás mis recuerdos.

Quiero seguir sintiendo su sombra y su presencia cuando pase por allí, está en mi mente, y yo siempre lo veré.

Un besazo

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